El último beso
La ruta se
extiende frente a mí iluminada por el decadente brillo del auto chatarra que
manejo. Sin luna, sin estrellas, solo la niebla que flota como un manto
asfixiante y las sombras de los pinos que nos rodean mientras acelero. Trato de
concentrarme en el frente, en la grava, en divisar algo más allá de la bruma,
en algo más allá de las ramas que parecen inclinarse hacia mí, en manos que se
estiran como garras. Asfixiado. Atrapado. Me estiro sobre el asiento evitando
tocarla hasta tomar el frasco y cargarme la última pastilla que queda, mi otra
mano permanece sudada con los nudillos blancos apretando el volante. Mantén
el control del auto mantén el control del auto mantén el control del auto.
Dos gotas
se deslizan desde mi cabello desgreñado y el mundo comienza a temblar
ligeramente. No, no el mundo, soy yo, yo estoy temblando. La piel perlada de
sudor en mis brazos, mis manos, mis piernas. De pronto ella habla y mi alma tiembla,
en un eco que llega hasta mis huesos:
-
¿Estás
bien, papi?
Por un
segundo me hundo en la nota musical de su voz, tierna, suave, muy diferente de
otro recuerdo lejano, el recuerdo de un grito atroz.
No, esto no está bien.
Un susurro:
Respóndele. Respóndele.
No, no, no, no estás loco. nO estás loco.
Luego otro: Di que sí.
nO
estás lOCo
La miro de
reojo, aunque intento no mirarla y capto destellos de aquellos enormes ojos
negros, fríos, que a mí me entibian por dentro y me atraen hacia el fondo fondo
fondo: un recuerdo. Mi cabeza se sacude, se rebela como el resto de mi cuerpo,
y el auto zigzaguea en consecuencia. No quiero no quiero no
quiero.
Otro auto.
Pero ella está aquí, aquí de verdad y soy padre de nuevo. Esta vez estoy lúcido
y me río porque estamos cantando, hechizado en la mueca que acaba de hacer, en
sus rasgos tan parecidos a los míos pero que son tan suyos, de alguna forma
luciendo mejor en ella. Me vuelve la sensación. Atrapado.culpa Asfixiado.culpa. Me seco
las gotas de sudor de la frente y es ahí cuando siento el olor metálico.
Sangre. Me giro en redondo para observarla, ya nada me importa, no yo, no que
el auto se encuentre derrapando, sólo ella. Me aprieto la cuenca de los ojos
porque sé que en realidad no quiero verlo, porque sé que es lo que voy a
encontrar: fría, pálida, mojada por una lluvia pasada, y esos labios muertos a
los que ya les di su último beso.
Me hundo.
Te hundes.
Abro los
ojos. Sigue ahí. Me sonríe.
nO estás lOCo
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