Labios muertos

La curva de unos labios rosados que brillan delicadamente de forma natural, invitadora, con las comisuras terminando en hoyuelos estirándose hacia arriba en una sonrisa tierna. Pero su encanto comienza mucho antes, en aquella barbilla respingada, continuando hacia su nariz pequeña, hacia sus mejillas pálidas y pómulos intensos. Luego los ojos. Sus ojos. Te atraviesan, van hacia lo más profundo hasta que te tienen atrapado desde dentro, te dan vuelta el interior con su brillo hipnótico, hacen explotar tus terminaciones nerviosas hasta que tienes erizado cada vello del cuerpo. No puedes evitarlo, de pronto todo comienza a llamarte la atención: su piel, su cabello lozano, la forma en que se mueve. Su mirada, que reboza inocencia, dulzura, como si desconociera lo que te está haciendo, porque es innato, no hay más que hacer que sumergirte. Es hermosa, porque está cargada de sentimiento, es el hielo que arde de frío después de sostenerlo mucho tiempo. Porque es calor y frío, placer y dolor. Es inocencia pura, en potencia, porque adviertes que puede transformarse en el anhelo de quienquiera. Te ha cautivado, porque tiene el tipo de belleza que traspasa, la pureza que conmueve, el sentimiento que encandila. La amas y la odias, porque te tiene atrapado pero de alguna forma sabes que jamás podrás atraparla a ella.
 Sonríe de vuelta, cándida, sólo tiene 17 años y puedes percibir la ingenuidad que lleva consigo. Da una vuelta, baila, única, sólo ella, entonces quieres ser también sólo tú. Su piel es de un blanco tan ínfimo que resplandece cuando le da la luz y el sudor le perla el cuerpo. Quieres lamerlo. Ella no te deja. Comienza a alejarse, puedes ver como el vestido le ondea alrededor, fluye entre sus perfectas piernas mientras se mueven. La sigues, hipnotizado por el maravilloso arco que trazan sus pies, el olor a almendra que deja su cabello mientras se aleja, te transmuta, embelesa. Lo agarras y te lo acaricias contra el rostro, para transportarte así  a un plano al que solo ella puede llevarte. Pero ella no entiende, grita, puede que le duela, la miras a los ojos para sumergirte, sin embargo lo único que hallas es el candor del miedo. No entiendes por qué. No te gusta, la deseas a ella, su verdadero ser, la natural siempre sonriente, la dulce, la hermosa, asi que se los empujas para que cambien, hasta que son tus dedos los que los atraviesan a ellos. No te das cuenta, sólo la quieres a ella.

La curva de unos labios rosados que brillan delicadamente de forma natural, invitadora, con las comisuras terminando en hoyuelos estirándose hacia arriba en una sonrisa muerta. Pero su encanto comienza mucho antes, en aquella barbilla respingada manchada encantadoramente por gotas de un líquido carmesí, continuando hacia una nariz pequeña inclinada, hacia unas mejillas blanquecinas y pómulos que ya han comenzado a descomponerse. Sus ojos, te atraviesan, te dan vuelta el interior con su brillo hipnótico, hacen explotar tus terminaciones nerviosas hasta que tienes erizado cada vello del cuerpo, dos cuencas de las que no puedes desprenderte, de las que brota más y más sangre. La lames y te deja lamerla, la besas y te deja besarla. La abrazas para siempre.
Está muy
 muy fría.
No te importa.
 Sigue siendo


 perfecta.

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